La pandemia, el petróleo y la nueva visión oficialista mexicana, han generado en nuestro país una suerte de tormenta imperfecta. Basta, con llevar a cabo un análisis “a vuelo de pájaro” del acontecer público nacional para darnos cuenta como, día tras día, esta tercia de acontecimientos históricos y sus derivados profundizan la crisis sistémica del México en vías de ser transformado por cuarta vez.

Tomando prestado un concepto propagandístico, que no científico, de esta administración: “volver horizontal”, es que se puede ejemplificar con claridad, el tamaño del reto venidero para todos los elementos del estado. No hay ninguna duda, en México, en los hechos, la crisis es totalmente horizontal y toca todos, o casi todos los aspectos de la vida nacional. En el mundo de las ideas y de la liturgia, cuya Meca es el Palacio Nacional, la historia es otra.

Entre estos múltiples elementos en estrés, a los cuales alcanza este horizonte de acontecimientos de la naturaleza y errores humanos, el estado de derecho y el orden jurídico nacional son, quizá, los que, de forma menos escandalosa, no por ello menos dramática, están recibiendo por omisión y comisión, los peores embates de un gobierno al cual el concepto de actuación “ex lege” le cuesta mucho trabajo entender y mas aun, obedecer. En tiempos de crisis donde lo que se demanda es la acción oportuna, la ley mexicana la entiende el gobierno como una camisa de fuerza y no como un guion.

Mal parafraseando ideológicamente y tomando a través de ello todas las licencias autoritarias posibles, “ante dios y por la autoridad del pueblo de México”, como Benito Juárez firmaría la constitución de 1857, es que el presidente de los mexicanos sube diario al pulpito a dictar la nueva ley, un día signa decretos de cumplimiento voluntario que incluyen de manera transitoria advertencias para el poder legislativo y el otro decreta estados de excepción a modo, no repara en delegar facultades extraordinarias a sus colaboradores, en ultima instancia, todos son operadores de la nueva fe. Al fin y al cabo, ¿que es el derecho, sino un obstáculo para que se haga lo que la voluntad del pueblo y de dios ordenan? ¿Qué es, si no un puñado de letras integradas por adversarios ya derrotados?

Afortunadamente, lo es todo meno eso. El pináculo de la concepción social humana, el estado derecho, es la mejor alternativa de respuesta frente a los acontecimientos inclementes de la naturaleza y el mundo. La ley, creada para regular las relaciones humanas es quien debe de marcar el camino de actuación de todos los participantes en la vida en sociedad, mas intensamente, en épocas de crisis. Siempre perfectible, en ella encontramos las alternativas necesarias para actuar con prontitud y limites frente al mundo que nos rodea. Es por ello por lo que, un gobierno que privilegia el panfleto y desprecia la ley pone en riesgo el presente y futuro de donde gobierna.

En este sentido, en la medida en que los mexicanos asumamos que el derecho y no la transformación es nuestro mejor aliado, será en la medida en que podremos hacerle frente desde la singularidad a los efectos de esta crisis. El marco jurídico nacional es abundante en recopilar y establecer las facultades de actuación entre particulares a raíz de eventos extraordinarios, como ejemplo, los conceptos de caso fortuito y la fuerza mayor dispuestos en la legislación civil para poder modificar los acuerdos contractuales frente a lo imponderable y la ley de salud, que es extremadamente suficiente y puntual al establecer las consecuencias de los casos de excepción que contempla y sus efectos. La incertidumbre en materia laboral y económica que vivimos es producto de rechazarlos.

Frente al desgobierno, es en el derecho en el cual debemos de encontrar al garante de nuestras esferas privadas y los operadores jurídicos jugamos un papel fundamental en demostrarlo. La respuesta esta en la ley no en la liturgia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.